La mano ascendió por mi espalda,
sopló la hoguera de mi mente,
se recostó sobre las luces de mi ciclo,
rozó con su lejanía
los órganos más privilegiados de mi reflexión,
bajó a mis piernas y las observó,
con la templanza de una ola,
revolvió el remolino de mis caprichos,
conversó con mis frutos,
respetando los cruces de camino de mi vientre,
respirando el añil de mi aura
Añil
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